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Te rogamos,
Señor,
que la
Consciencia Universal de Cristo
se manifieste en
las mentes de todos los hombres.
Permite que el
corazón de cada uno
de los miembros
de nuestra familia terrenal
y de cada sistema
viviente se conviertan
en una perfecta
cuna
para albergar la
Consciencia del Cristo.
Que el gozo
celestial que aporta
la conciencia de
tu Presencia
se despierte en
los corazones
de todos nuestros
hermanos.
¡Oh Cristo
Cósmico,
conviértenos en
diamantes de espiritualidad,
permítenos
refulgir en el manto de Tu Ser!
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El pensamiento sombrío enferma
al cuerpo sano y agrava los males del cuerpo enfermo
Imaginación
divina,
volviendo lo inmaterial en material,
creando desde dimensiones distintas,
manifestando aquél deseo que visualizas
en un punto de potenciales infinitos,
tomando el éter,
mezclando la energía,
visualizando con la mente,
sintiendo con el corazón,
creando con la esencia creadora
que en ti habita.
Imaginación divina,
imaginando creando vidas,
imaginando creando dichas,
luz, paz y armonía.
Imaginando creando encuentros
entre tu esencia y la mía,
encuentros mágicos llenos de amor,
interacciones divinas,
ya sea como hermanos, compañeros
o como amantes del amor nuestro.
Interacciones nacidas
desde una misma base divina,
la imaginación.
Imaginando poesías
versos interminables al amor
que en Todo habita.
Imaginación divina,
herramienta creativa,
para el creador que eres en esta nueva energía,
en esta nueva conciencia.
Manifestando en otras dimensiones de la existencia lo que imaginas.
Imaginación divina,
tan divina que tu creación se hace Real
en el momento en el que tu ser imagina
Somos un puente entre el cielo
y la tierra por medio del cual circulan las energías del cielo a la
tierra y viceversa
La
imaginación es la puerta a través de la cual penetran igualmente la
enfermedad y la curación, por esto hay que desconfiar de la dolencia.
Aunque se esté enfermo, si se rechaza la afección, esta se marchará. Los
pensamientos pueden matar o enfermar, pero también sanar. Ya sea a
través de la Yogoda Satsanga o de la Self-Realization Fellowship difunde
el Kriya Yoga, según el cual la mente humana es una chispa de la divina
conciencia. Toda la creación está gobernada por leyes. Las que descubre
la ciencia son naturales, pero hay leyes más sutiles que rigen las leyes
de la conciencia y estas se pueden conocer a través del yoga
"Un manejo
consciente de la fuerza pránica (prana
es la energía sutil de los hindúes), que es una
fuerza vital más refinada que la energía atómica y está compuesta por
vitatrones que regulan las variaciones en las vibraciones de electrones
y protones de la materia física. El secreto de Gandha Baba era ponerse a
tono con la fuerza pránica, mediante ciertas prácticas de yoga, guiando
los vitatrones a reordenar su estructura vibratoria materializando el
resultado que deseaba. Sus milagros eran en verdad simples
materializaciones de vibraciones terrenales y no hipnotismo".
www.luzespiritual
Desde el punto de
vista médico, una de las grandes ventajas de las técnicas que trabajan
la mente es que no existe contraindicación. "Pero es importante dejar
claro que ningún especialista serio minimizaría la importancia de los
remedios", dice el cardiólogo Herbert Benson. Según él, la longevidad y
el bienestar de las personas están basados en una tríada: remedios (por
ejemplo, no existen substitutos para la penicilina); cirugías ( la única
salida para una gran cantidad de problemas) y los cuidados personales
(que incluyen ejercicios para el cuerpo y para la mente). O sea, la
medicina preventiva prescribe ahora no solo dieta y gimnasia, sino
también el cultivo de las emociones y de los pensamientos positivos.
La
existencia para Ibn Arabi es imaginación dentro de la imaginación.
El sutil alquimista transmuta en un instante
en oro el pesado metal de los días.
Ibn al Farid
Transforma tu cuerpo entero
en visión, hazte mirada
La Imaginación como
elemento mágico y mediador entre el pensamiento y el ser, encarnación
del pensamiento en la imagen y presencia de la imagen en el ser, es una
concepción de extraordinaria importancia que juega un destacado papel en
la filosofía del Renacimiento y que volvemos a encontrar en el
Romanticismo.” Esta observación, tomada de uno de los más
destacados exegetas de Boehme y Paracelso, nos proporciona la mejor
introducción a la segunda parte de este libro. Retendremos de ella, en
primer lugar, la idea de Imaginación como producción mágica de una
imagen, el tipo mismo de la acción mágica, incluso de toda acción como
tal, pero especialmente de toda acción creadora; y, en segundo lugar, la
idea de imagen como cuerpo (cuerpo mágico, cuerpo mental), en el que se
encarnan el pensamiento y la voluntad del alma.(2) La Imaginación como
potencia mágica creadora que, dando nacimiento al mundo sensible,
produce el Espíritu en formas y en colores, y el mundo como magia divina
“imaginada”, por la divinidad “imágica”: éste es el contenido de una
antigua doctrina, tipificada en la yuxtaposición de las palabras
Imago-Magia, que Novalis reencontraba a través de Fichte. Pero se
impone una advertencia previa: esta
Imaginatio no debe en modo alguno confundirse con la fantasía. Como
ya observaba Paracelso, a diferencia de la
Imaginatio vera, la fantasía (phantasey) es un juego del pensamiento, sin fundamento en la
Naturaleza; nada más que “la piedra angular de los locos”
La imaginación
creadora como teofanía, o el “Dios del que es creado todo ser”
Es necesario, ante todo, recordar los actos de la cosmogonía eterna
concebida por el genio de Ibn 'Arabi. (5) Un Ser divino, solo en su
esencia incondicionada, del que no conocemos más que una cosa: la
tristeza de la soledad primordial que le hace aspirar a revelarse en los
seres que le manifiestan a sí mismo en la medida en que él se manifiesta
a ellos. Ésa es la Revelación que nosotros percibimos y eso es lo que
debemos meditar para saber quiénes somos. El leitmotiv no es, pues, el
deslumbramiento de una Omnipotencia autárquica, sino una nostalgia
profunda:
“Yo era un Tesoro oculto y quise ser conocido. Por eso he producido a
las criaturas a fin de conocerme en ellas”. Esta fase está representada
por la tristeza de los Nombres divinos, angustiándose en el
desconocimiento porque nadie los nombra, y es esta tristeza lo que viene
a distender la Espiración divina (tanaffos) que es Compadecimiento (Rahma)
y existenciación (ijád), y que en el mundo del Misterio es Compasión del Ser
divino con y por sí mismo, es decir, por sus propios Nombres. Dicho de
otra forma, origen y principio son una determinación del amor, que
implica un movimiento de ardiente deseo (harakat shawqiya) en aquel que está enamorado. A este ardiente deseo
aporta el Suspiro divino su distension.
Esta Nube exhalada por
el Ser divino y en la que él mismo estaba primordialmente, recibe todas
las formas y, a la vez, da las formas a los seres; es activa y pasiva,
receptora y otorgadora de esencia (mohaqqiq); por medio de ella se opera la diferenciación en el
interior de la realidad primordial del ser (haqiqat al-wojud) que es el Ser divino en sí (Haqq fi dhátihi). Como tal, es la Imaginación absoluta, incondicionada (khayál motlaq). La operación teofánica inicial por la que el Ser
divino se revela, “se muestra” a si mismo, diferenciándose en su ser
oculto -es decir, manifestándose a si mismo las virtualidades de sus
Nombres con sus correlata, las hecceidades eternas de los seres, los
prototipos latentes en su esencia (a'yán thábita)(8) es concebida como Imaginación activa creadora,
Imaginación teofánica, Nube primordial, Imaginación absoluta o
teofánica, Compasión existenciadora; son todas ellas nociones
equivalentes para expresar una misma realidad original: el Ser divino
del que todo es creado (al-Haqq al-makhluq bihi koll shay'). Lo que también equivale a decir, el
“Creador-criatura”. Pues la Nube es el Creador, ya que es el Suspiro que
él exhala y está oculta en él; como tal, es lo invisible, lo “esotérico”
(bátin). Y es la criatura en tanto que manifestada (záhir).
Creador-criatura (kháliq-makhlúq): lo que quiere decir que el Ser divino es lo Oculto y
lo Revelado, o también el Primero (al-Awwal) y el Último (al-Akhir)(9)
En esta Nube son, pues, manifestadas todas las formas del ser, desde el
orden de los Arcángeles más elevados, los “espíritus extasiados de amor”
(al-mohayyamun), hasta los animales y la naturaleza inorgánica; todo lo
que se diferencia de la pura esencia del Ser divino en sí (dhát al-Haqq), géneros, especies e individuos, todo es creado en esta
Nube. “Creado”, pero no producido
ex nihilo, puesto que el único no-ser concebible es el estado
latente de los seres, y puesto que incluso en su estado de potencia
pura, ocultos en el recinto de la Esencia no revelada, los seres tienen
ya, preeternamente, un estatuto positivo (thobut).
Así pues, la “creación” tiene un aspecto negativo, puesto que hace cesar
la privación de ser que retiene a las cosas en su ocultación; no-ser de
un no-ser, doble negatividad que constituye el acto positivo. En este
sentido, es admisible decir que el universo se origina a la vez en el
ser y en el no-ser
El Dios manifestado por
la imaginación teofánica
El mundo o plano del
ser intermedio que corresponde a la función mediadora de la Imaginación,
es designado en la “cosmografía” mística como mundo luminoso de la
Ideas-Imágenes, de las “figuras de aparición” ('álam mithálí núrání). Ciertamente, la preocupación primera de Ibn 'Arabi
se dirige hacia la relación de las visiones con la facultad imaginativa,
por una parte, y con la inspiración divina por otra. En realidad, todo
el concepto metafísico de la Imaginación está en función de este mundo
intermedio. Todas las realidades esenciales del ser (haqá'iq al-wojúd) se manifiestan ahí en Imágenes reales; cuando
un elemento manifestado a los sentidos o al intelecto reclama una
hermenéutica (ta'wil) por poseer un significado que transciende al
simple dato y lo convierte en símbolo, esta verdad simbólica implica una
percepción en el plano de la Imaginación activa. La sabiduría que toma a
su cargo estos significados, que restituyendo las cosas a los símbolos
tiene por objeto propio ese mundo intermedio de Imágenes subsistentes,
es una sabiduría de luz (hikmat
nuríya) tipificada en
la persona de José como intérprete ejemplar de las visiones. La
metafísica de Ibn 'Arabi de la Imaginación asume muchos de los rasgos de
la “teosofía oriental” de Sohravardi.(14) La Imaginación activa es
esencialmente el órgano de las teofanías, porque es el órgano de la
Creación y la Creación es esencialmente teofanía. Además, como hemos
dicho, en la misma medida en que el Ser divino es Creador por haber
querido conocerse en seres que lo conozcan, es imposible decir que la
Imaginación sea “ilusoria”, puesto que es el órgano y la substancia de
esa auto-revelación. Nuestro ser manifestado es esa Imaginación divina;
nuestra propia Imaginación es Imaginación en la suya.
La teosofía de la Luz sugiere las comparaciones adecuadas: espejo y
sombra. Sin embargo, “sombra” no debe interpretarse aquí como una
dimensión de tinieblas satánicas o contrapoder ahrimaniano; “sombra” se
entiende esencialmente como reflejo, como proyección de una silueta o de
un rostro en un espejo. Se hablará incluso de “sombra luminosa” (en
tanto que el color es sombra en la Luz absoluta; Zill al-núr, por
oposición a Zill al-zolma, sombra tenebrosa). Es en este sentido en el
que hemos de entender esta tesis: “Todo lo que se dice distinto a Dios,
lo que se llama el universo, está relacionado con el Ser divino como la
sombra con la persona (o como su reflejo en un espejo). El mundo es la
sombra de Dios”.
Como suspiro divino, la Nube es un soplo inhalado y
exhalado en el Ser divino (en la
haqiqa del Haqq); es la configuración (y la posibilidad de la misma) de
lo creado en el Creador. Es el Creador-criatura, es decir, aquel en el
que son manifestadas todas las formas del universo, aquel en que se
sucede la infinita diversidad de las teofanías (fa-kána al-Haqq al-makhluq bihi má zahara min sowar al- 'álam
fihi wa má zahara min ikhtiláf al-tajallí aliláhi fihi
JS |
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La
imaginación es la puerta a través de la cual penetran igualmente la
enfermedad y la curación, por esto hay que desconfiar de la dolencia.
Aunque se esté enfermo, si se rechaza la afección, esta se marchará. Los
pensamientos pueden matar o enfermar, pero también sanar.
Las palabras
colmadas de sinceridad, convicción, fe e intuición, actúan como bombas
vibratorias altamente explosivas, cuyo estallido desintegra las rocas de
las dificultades operando la transformación deseada... Cuando ante un
conflicto repetimos afirmaciones sinceras, con plena comprensión,
sentimiento y determinación, estas atraen infaliblemente la ayuda de la
Omnipresente Fuerza Cósmica Vibratoria
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Las enseñanzas de
Yogananda son universales y ofrecen soluciones prácticas a los
retos de la vida moderna
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www.tartessos.info/mistico/kriya_yoga2.htm
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www.anandaespanol.org/yogananda.asp
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“La autorrealización
es el conocimiento en todas las partes de cuerpo, mente
y alma de que tu ahora mismo estas en posesión del reino
de Dios. Que tu no tienes que rezar para que venga a ti,
que la omnipresencia de Dios es tu omnipresencia y que
todo lo que tienes que hacer es mejorar tu memoria.”
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wikipedia.org/wiki/Paramahansa_Yogananda
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En 1946, il publie une
autobiographie remplie de récits et d'expériences
surprenants, ainsi que de l'exposé des principes du
kriya yoga. Le kriya yoga dérive de la racine sanskrite
"kr" signifiant action, et "yuj" signifiant le joug ou
l'union. Le kriya yoga est donc "l'union divine par
l'action", où l'action est faite de pranayamas
spécifiques ("yama" = contrôle, "prana" = énergie, donc
contrôle de l'énergie par des techniques respiratoires
ou psychophysiques), de méditations sur des mantras et
des visualisations, et la mise en oeuvre des préceptes
et étapes de la voie octuple du yoga telle qu'exposée
par Patanjali |
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Citas de Yogananda
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EL PODER DE LA PALABRA HUMANA:
Las palabras colmadas de
sinceridad, convicción, fe e intuición, actúan como bombas vibratorias
altamente explosivas,
cuyo estallido desintegra las rocas de las dificultades operando la
transformación deseada... Cuando ante un conflicto repetimos
afirmaciones sinceras, con plena comprensión, sentimiento y
determinación, estas atraen infaliblemente la ayuda de la Omnipresente
Fuerza Cósmica Vibratoria.
-
Concentra la mirada en el
entrecejo. Sumérgete en la sagrada estrella de la meditación.
Trasmite una y otra vez pensamientos de
amor a tus seres queridos, tanto a los que están todavía en este mundo
como a los que se marcharon ya revestidos de luz.
No existe espacio
alguno entre las mentes y las almas, aunque sus vehículos físicos se
encuentren separados por grandes distancias. En el pensamiento, nuestros
seres queridos están realmente cerca.
Trasmite este mensaje una y
otra vez: "La felicidad de mis seres queridos, ya sea que se encuentren
en la tierra o en el mas allá, me hace feliz".
Durante la meditación
profunda, el ojo espiritual se hace visible en el interior del centro de
la frente. La voluntad proyectada desde este punto, es el instrumento de
transmisión del pensamiento. El pensamiento o poder emocional del ser
humano, concentrado sosegadamente en el corazón, le permite actuar como
radio mental y recibir el mensaje de otras personas cercanas o lejanas
COMO CELEBRAR LA NAVIDAD
Este extracto de
un artículo de
Paramhansa
Yogananda,
titulado "Cómo la Conciencia de Cristo Desciende a la Conciencia
Humana", podría llamarse también "Cómo Celebrar la Navidad". Que el
poder de este mensaje te inspire a una sintonía mas profunda e
interior con Dios y Cristo.
Cuando llega la Navidad, la gente piensa normalmente en
comprar regalos para sus seres queridos. Unos pocos piensan en la
belleza de la música de Navideña y en los servicios de iglesia. La
mayoría de las personas gozan en la festividad del árbol de Navidad,
con su esplendoroso oropel y los regalos alrededor de él. Es bueno
celebrar el nacimiento de Cristo con canciones, cenas y el intercambio
de regalos; pero si la parte material de la festividad se vuelve el
único propósito de toda la celebración de la Navidad, es una pena, y
no se gana nada.
Aprendamos a hacer de nuestra celebración de la Navidad una
conmemoración real de la sagrada vida de Cristo,
para hacer de ella una experiencia espiritual y elevada. Una vez vi.
una escopeta adornando un árbol de Navidad y le comenté a la dueña,
"Señora, esta escopeta como regalo es un insulto a Cristo. El no
mataba. Un arma significa muerte, asesinato, venganza, hermano
luchando contra hermano. Por esta razón está fuera de lugar en la
celebración del cumpleaños del 'Príncipe de la Paz' ". La señora se
llevó el arma, y la cambió por una Biblia para niños. Debemos recordar
que en el Día de Navidad no sólo debemos intercambiar regalos útiles,
sino regalos que recuerden a Dios.
Generalmente se olvida el significado original de la mayoría
de los símbolos y de las festividades religiosas. La mayoría de la
gente piensa en la Navidad como una festividad ordinaria y se olvida
de Cristo, el maestro de ceremonias. Se usa la Navidad y a Cristo para
la festividad, y la gran importancia espiritual de Navidad se pierde
de vista. Como en una película, la atención principal del público está
en la historia de la película, no en la música; así que en el
espectáculo de Navidad, la atención principal está en la celebración
material -y Cristo, aunque es la parte más importante, se deja como
secundario.
Debemos
regocijarnos de que semejante santo Ser como Cristo haya sido enviado
para que sirva y sea seguido como ideal de perfección para la engañada
humanidad.
Manifestar indiferencia e inconsciencia hacia Él no será bueno.
La Navidad
debe usarse para que por lo menos nos dé nuevo ímpetu material, mental
y espiritual para comenzar el sendero de la verdad de Cristo con el
comienzo del nuevo año.
Con la llegada de la Navidad, no permitas que tu
conciencia se hunda en el pozo de las cenas del pavo, intercambio de
regalos, bailes, festividades, y fiestas cocktail. Un pozo de
pensamientos materiales no es un lugar adecuado para celebrar el
cumpleaños de Cristo. En cambio, separa tu conciencia de las trampas
de las festividades materiales y entra por la puerta secreta del
silencio con ojos cerrados para contemplar el inmenso altar de paz
desplegado eternamente arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha,
adelante y atrás, dentro y fuera.
Si profundizas más, encontrarás a Cristo viniendo hacia ti en Sus
ardientes túnicas de beatitud, como la naciente aurora y tu alegría
danzará en cada átomo del espacio. Entonces abre tus ojos, contempla
tu pequeño cuerpo y di, "La beatitud de Cristo está descendiendo al
altar de mi pensamiento, sentimiento, y devoción." Medita sobre esta
afirmación: "La Paz de Cristo está descendiendo como salud a cada
tejido y célula de mi cuerpo".
Pon a Cristo en el altar de tus negocios y posesiones.
Di, "yo poseo estas cosas en Cristo." Entonces medita sobre la
afirmación, "M i
Paz de Cristo ha descendido a cada miembro de mi familia, de mi país,
y de mi mundo." Contempla la Paz de Cristo descendiendo a tu cuerpo, a
tus posesiones, y extendiéndose a tus vecinos, a todos los países, y
hacia el altar unido de todos los corazones y todas las criaturas.
Permite que la Beatitud de Cristo se extienda desde tu cuerpo a todos
los territorios de América, Asia, América del Sur, Europa, Australia,
el sistema solar, a las islas de universos y a todos los seres. Medita
en lo siguiente: "Mi Paz de Cristo está descendiendo a cada ser
viviente, a cada estrella viviente, a cada mota de materia y espacio."
Celebra la Navidad sobre el altar del inmenso silencio interior y
sobre el santuario de cada deseo, cada cosa viviente en el mundo, y el
Cosmos. Entonces conocerás a Cristo como el Divino Rey que gobierna en
el corazón de toda la Creación finita.
"Uno de los mayores beneficios del yoga es que reconoce que
todas las cosas son simplemente niveles diferentes de energía, no
juzga las cosas como buenas o malas, mas bien las evalúa por su
habilidad de aumentar o de disminuir la energía." |
La imaginación del alma
parece algo inexistente,
pero ¡contempla este mundo conducido por la
imaginación!
Guerra y paz, orgullo y tristeza, todos
derivan de la imaginación.
Pero las imágenes que cautivan a los santos
reflejan las bellezas de rostro de luna del
Jardín de Dios
Todo es cuestión de
mantener la mente calmada, la espina dorsal erecta y el corazón tranquilo
Pensamientos y
sentimientos negativos contribuyen para la manifestación de molestias y
dificultan el restablecimiento de un enfermo. Rencor, hostilidad,
resentimientos y angustia pueden estar en el origen de disturbios
cardíacos, hipertensión, depresión, ansiedad, insomnio, jaquecas e
infertilidad.
Más allá de eso, el peso de los sentimientos ruines debilita el sistema
inmunológico, permitiendo que el organismo se torne un blanco fácil de
infecciones, alergias y enfermedades como la artritis reumática. A partir
de esa constatación, los investigadores resolvieron examinar a fondo los
métodos de perfeccionamiento mental que, hace poco más de dos décadas,
venían embalados en un aura de puro misticismo, yoga, meditación y
relajamiento y que ahora son objeto de innumerables estudios con respecto
a su eficacia terapéutica. Hasta el momento, las conclusiones son bastante
positivas. "Después de analizar rigurosamente el alcance de esas técnicas,
pasamos a utilizar tales métodos como línea auxiliar de algunos
tratamientos", dice el psicólogo José Roberto Leite, coordinador de la
Unidad de Medicina del Comportamiento de la Universidad Federal de Sáo
Paulo.
Uno de los mayores investigadores del poder de la mente sobre la salud es
el cardiólogo norteamericano Herbert Benson, de la Universidad Harvard,
autor del libro Medicina Espiritual. Investigaciones conducidas por él
muestran que, en promedio, 60% de las consultas médicas podrían ser
evitadas, si las personas usasen su capacidad mental para combatir
naturalmente las tensiones causantes de problemas físicos. La meditación,
demuestra Benson, figura entre las maneras más efectivas de fortalecer. La
mente. (...)
"Se debe orar para tener mente sana en cuerpo sano"
El célebre proverbio "mens sana in corpore sano" (mente sana en cuerpo
sano), atribuido al poeta latino Juvenal, del inicio de la era cristiana,
resumía una convicción de los médicos de la Antigüedad-la de que existía
una estrecha relación entre pensamientos y emociones y salud orgánica. Tal
noción perdió fuerza en Occidente en el siglo XVII con la aparición del
racionalismo exacerbado, que separó la mente del cuerpo. Lo que hacen los
médicos actuales es recuperar esa antigua percepción. Poca gente sabe que
la frase entera de Juvenal, en verdad es: "Se debe orar para tener mente
sana en cuerpo sano". Este detalle gana relevancia porque los científicos
se muestran ahora muy interesados en saber cuál es el impacto de la fe en
la actividad mental.
http://www.luzespiritual.org/
La
imaginación es el poder de transformación
y la transición entre estados de existencia.
Mediante la imagen creativa, las realidades invisibles pueden
revestirse de formas visibles, los pensamientos y las emociones
pueden manifestarse con palabras o números, y los objetos sensibles se
pueden elevar a ideales transcendentales e inmateriales. Así pues, en el
contexto de una tradición religiosa, la imaginación es el poder de
transformación entre los niveles del cosmos, el poder de manifestar
realidades divinas bajo formas terrenales, y de transmutar objetos
físicos en arquetipos espirituales. Sin embargo, debido a esta profunda
potencia, la imaginación conlleva también un carácter esencialmente dual
y ambivalente. Se trata de un poder que puede ser utilizado tanto para
el bien como para el mal: puede llevar al alma humano hacia lo
más alto, elevando al ser humano hasta las imágenes del Espíritu puro y
de la Divinidad; y puede arrastrar al alma hacia lo bajo,
atrayéndola y haciéndola apegarse a las imágenes ilusorias del mundo, de
la carne y de sus propios deseos egoístas. En resumen, puede
decirse que hay una imaginación del ‘corazón’ —el verdadero centro
espiritual e intelectual del hombre— y una imaginación de la «cabeza»
—la psique y las fantasías engañosas de la mente humana limitada.
En el mundo occidental
contemporáneo, sin embargo, el término «imaginación» se reduce
generalmente a una única dimensión, al nivel del pensamiento subjetivo y
de las fantasías soñadoras de la psique individual. Los productos de la
imaginación se consideran ilusiones «irreales» y se contraponen al mundo
«real» de la materia y del hecho científico. Lamentablemente, en
el mundo moderno, el aspecto más elevado y divino de la imaginación está
olvidado por completo o incomprendido. En la visión moderna del
mundo, se ha vaciado y desacralizado el universo hasta una abstracción
fría, materialista, despojada de su contenido imagínale sagrado; y se ha
reducido al propio ser humano a un organismo psico-físico, confinado a
las fantasías huecas de su mente y de su ego.
El hombre moderno necesita
desesperadamente que se le recuerde que la imaginación también conlleva
una realidad transcendental y objetiva, una realidad divina, tanto en el
macrocosmos de la creación como en el microcosmos humano. Necesita que
se le muestre como la imaginación, en las culturas tradicionalmente
religiosas —y por supuesto también en el Occidente tradicional—, ha
sido siempre un elemento vital en la comprensión del hombre, del cosmos
y de la Divinidad. Se trata, de hecho, de una realidad universal y
transhistórica, que presenta una estructura común en las culturas
humanas más diversas. Aunque Occidente ha tenido su propia filosofía de
la imaginación, con personas como Paracelso, Boehme y Blake, quizá deban
buscarse en Oriente las enseñanzas más importantes y más completas; y
quizá las doctrinas de la imaginación más elaboradas de todas
son las del maestro sufí Ibn ′Arabí (1165-1240), y las de los
maestros indo tibetanos del Tantra budista (siglos VI a XIII). A pesar
de sus considerables diferencias filosóficas y metafísicas, Ibn
′Arabí y el budismo tántrico han desarrollado doctrinas de la
imaginación francamente parecidas. Lejos de considerarla como
un mero poder ilusorio de la fantasía, se ve a la imaginación como un
poder cósmico divino, el poder mismo creativo que se manifiesta en el
universo. Y simultáneamente, la imaginación es un poder divino en el ser
humano, el poder visionario del corazón, y el receptáculo, el «Templo»,
de la Presencia divina en el hombre.
Tanto la tradición sufí como la
del budismo tántrico han sido siempre conscientes de la naturaleza dual
de la imaginación, pues ambas tradiciones giran alrededor de una
Realidad Absoluta, absolutamente desprovista de imagen, inefable,
inconcebible e inabarcable por cualquier imaginación. Por una parte, la
imaginación es un velo engañoso, que recubre y oculta la Unicidad
perfecta de la Esencia divina (lāhut), de la Nada (śūnyatā). Por otro lado, sin embargo, la imaginación es también
el medio por el que se manifiesta y se revela esta Realidad Absoluta
desprovista de imagen. En su aspecto positivo y divino, la imaginación
es el órgano de la creación, el poder cosmogónico por el cual lo Uno se
proyecta y emana el universo de las formas y la multiplicidad.
Todo lo que ocurre en el macrocosmos del universo y
en la emanación imaginal del mundo creado tiene su reflejo y su
contrapartida en el microcosmos del ser humano. El hombre contiene en sí
un espejo tanto de la Realidad Absoluta como del cosmos relativo; y
tienen su reflejo en el alma humana, tanto la imaginación creativa
divina, como la imaginación engañosa y negativa. En las tradiciones
sufíes, como lo expresaron Avicena, Sohrawardi e Ibn ′Arabi, se cree que
la imaginación tiene dos lados o «caras»; del mismo modo que el alma, la
imaginación está situada como intermediario entre el mundo divino y el
mundo físico, y puede dirigirse tanto hacia arriba como hacia abajo.
Cuando se vuelve hacia la tierra y el ego humano ordinario, la
imaginación se transforma negativamente hasta convertirse en «fantasía»
humana egoísta. No es entonces más que la facultad ficticia y engañosa
de la cabeza o de la mente. Sin embargo, cuando se vuelve hacia el cielo
y el reino de las imágenes de lo Divino, puede transformarse
positivamente para participar en la imaginación divina del mismo Dios.
Es entonces el poder visionario del corazón —el lugar de las teofanías
divinas y de las revelaciones.
En la psicología budista tántrica se considera a la
imaginación como una de las causas principales del engaño humano y del
apego al mundo, pero al mismo tiempo como un vehículo básico para su
salvación. De hecho, nuestro sufrimiento y nuestros conceptos
autodestructivos del ego y del universo son en gran medida producto de
nuestro propio engaño y de nuestra fantasía. Pero al mismo tiempo, la
imaginación es un poder que puede ser hábilmente redirigido, canalizado
e incluso usado como método. Si el yogui puede alejar su imaginación
engañosa de su ego y del mundo ilusorio, puede transmutarla en una
fuerza liberadora de meditación y de visualización creativa. En lugar de
usar la imaginación para crear la ilusión del mundo fenoménico y del ser
finito, puede usarla para des-crear o deshacer esas ilusiones y para
retornar a la Realidad sin imagen.
En su aspecto transcendente y divino, la imaginación
se sitúa en el centro más profundo, en el núcleo, del ser humano. Se
identifica con el órgano espiritual del corazón, no el órgano físico que
la medicina moderna llama «corazón» sino el órgano central del ser
humano total —cuerpo, alma y espíritu—, su raíz más interior y profunda.
El corazón como órgano espiritual es ciertamente una de las enseñanzas
más universales y más centrales en todas las tradiciones religiosas del
mundo. Tanto en los Vedas, como en las tradiciones abrahámicas, o en las
religiones chamanísticas arcaicas, el corazón se concibe como una
facultad sutil de visión interior y de gnosis. Se experimenta con
frecuencia al corazón como el «ojo» espiritual a través del cual el alma
percibe la luz de Dios y por el que Dios ve, penetra e ilumina el alma.
Es el poder de la unión visionaria con lo Divino.
El corazón es esencialmente un
órgano de conocimiento y de gnosis; sin embargo, en aquellas tradiciones
que acentúan el poder de la imaginación, el corazón puede ser también un
órgano para la visión creativa, imaginal, un poder de revelación
imaginal. Como facultad de la intuición espiritual, el corazón se
relaciona con el poder de la experiencia creativa, mediante la cual el
alma «imagina» la forma de Dios, o mejor dicho, el lugar en el que Dios
se revela al alma bajo una forma imaginal, epifánica. Así, en la
tradición sufí de Ibn ′Arabi, el corazón (qalb) es el órgano del hemma, del poder visionario creativo.
El corazón se convierte entonces
en «Templo» de la Presencia divina, el tabernáculo de la Forma divina,
que Ibn ′Arabi compara incluso con la sagrada Kaaba, «la casa más noble
en el hombre de fe» (al-Fotuhāt III, 250,24). Se transforma en «Templo místico de
la Imaginación», el receptáculo perfecto de la Imagen divina, en el
sentido más profundo del hadith qodsi: «Mi cielo y mi tierra no Me abarcan, pero sí Me abarca
el corazón de mi siervo».
La enseñanza de que el corazón es
el órgano tanto de la gnosis intelectiva como de la visión imaginal, es
bien conocida igualmente en las tradiciones indo-tibetanas desde sus
comienzos más remotos. Desde los tiempos de los
rsis védicos con su
visión poética, siguiendo con las tradiciones de los Upanishad y del
yoga, hasta las religiones clásicas hinduista y budista, los sabios
indo-tibetanos han experimentado el corazón (hrdaya) como facultad de la
percepción divina, creativa, como «el órgano con el que se puede ver lo
que está vedado al ojo físico» (Gonda 1963, p. 276). Fueron conscientes
del poder, originado en el corazón, del
pratibhā, que es al mismo tiempo un poder de
visión divina, de inspiración poética y de imaginación creativa.
Nadie ha desarrollado más
completamente el poder de la visión imaginal que las tradiciones
tántricas indo-tibetanas, como por ejemplo las escuelas del Vajrayāna.
En ellas, la ciencia del corazón da origen a un sistema preciso de
meditación, a un uso de este órgano sutil para la transformación entre
niveles de existencia. Como el propio reino de lo Imaginal, el corazón
es el centro (chakra) psico-físico y espiritual que se sitúa en un punto
intermedio entre la cabeza y los genitales, entre la mente y el cuerpo.
Participa de, sintetiza e incluso transciende en cierto sentido ambos
polos, la cabeza y el cuerpo; es el lugar de una «encarnación»
visionaria de realidades transcendentes e invisibles, bajo formas
visibles.
Los maestros Vajrayāna, al igual que Ibn ′Arabi,
comparan también el corazón con un «templo» o «altar» en el que se
manifiestan las visiones divinas y las deidades. «Contiene el altar del
fuego del sacrificio, cuya llama sagrada transforma y purifica, funde e
integra los elementos de nuestra personalidad» (Govinda 1960, p. 183).
Sobre este altar, en este templo, o «palacio», descienden las deidades y
los poderes divinos, que se realizan finalmente en la consciencia misma
del individuo. En el espacio del corazón, lo Absoluto y lo relativo, la
vacuidad y la existencia samsárica, se encuentran y se reúnen, en un
mundo intermedio imaginal de poder creativo y de libertad.
El ojo del corazón, como lugar de las teofanías
divinas, tiene el poder de transformar al hombre y al cosmos en una
visión ideal, imaginal. Cuando la Imaginación divina se revela dentro
del hombre, transmuta el cuerpo humano, la consciencia y el mundo
fenoménico en una teofanía mágica; o más bien, transporta al hombre al
reino de lo imaginal. Allí, en el plano de la Imaginación divina, el
hombre se confronta, se realiza y se reunifica con su propio Ser ideal,
su Ego celestial o Persona imaginal, como ha sido siempre en la mente de
Dios, o en la consciencia de la Vacuidad.
Ibn ′Arabi tuvo muchas de estas
visiones imaginales y de estas revelaciones a lo largo de su vida, y en
ellas el cosmos se abría para revelar su forma ideal en la Imaginación
divina; sin embargo, quizá la más grande de
ellas fue la famosa visión que tuvo ante la Kaaba, en el año 598/1201.
Después de recibir la orden divina de viajar a Oriente, el
sheij hizo la
peregrinación a la Meca y comenzó las circunvalaciones rituales de la
sagrada Kaaba. Y ahí, en el lugar más sagrado del mundo musulmán, en el
que es realmente el centro simbólico del cosmos, el
sheij se encontró con
un mensajero divino, un Ángel de Dios —una «Joven evanescente» de
belleza y sabiduría destacables. De hecho, este Ángel, esta Joven,
podría asociarse con el Espíritu Santo (ruh
al-qods) o con el mismo arcángel Gabriel (Corbin
1969, p. 277). Si bien, finalmente, este personaje visionario no es otro
que el propio guía espiritual y compañero del
sheij, su «homólogo»
transcendental en el reino de la imaginación. La Joven le dice:
«Contempla el secreto del Templo antes de que se desvanezca; verás qué
satisfacción le produce aquellos que giran procesionalmente alrededor de
sus piedras» (al-Fotuhāt I.47). Y el sheij continúa su relato del encuentro místico con el Ángel:
Le dije: «Fíjate en aquél que aspira a vivir en tu
compañía y... a disfrutar de tu amistad». Por toda respuesta me dio a
entender con un signo y con un enigma que siempre, sin excepción, se
comunicaba con símbolos. «Cuando hayas aprendido, experimentado y
entendido mi discurso con símbolos, sabrás que uno no los percibe como
se percibe la elocuencia de los oradores...». Le dije: «... Enséñame tu
vocabulario, iníciame en la clave que abre tus secretos, pues me
gustaría hacer un pacto contigo» (Ibíd., p. 384).
El
sheij describe así una iniciación esotérica
realizada por un maestro o guía angélico. Se trata de una visión
arquetípica, que tiene lugar con símbolos y velos, pero que son formas
universales —pues ocurre en el plano imaginal. Todos los símbolos de
esta visión son arquetípicos por naturaleza: la piedra negra y el templo
de la Kaaba, las circunvalaciones rituales, el guía espiritual, el
conocimiento iniciático. Tomados como un todo, estos símbolos forman el
dibujo de un mandala —esto es, una matriz centrada, circular, de experiencia
visionaria y de sabiduría.
Como tal, toda esta secuencia
visionaria tiene muchos paralelismos llamativos con los diagramas
mandala de los
budistas tántricos. El mandala tántrico es básicamente un diagrama circular y simbólico
utilizado en el proceso de visualización meditativa y de imaginación
creativa; puede estar dibujado en el suelo con arenas de colores,
pintado en una tela como herramienta de meditación, o puede generarse
mentalmente, mediante el poder de la imaginación. Pero en cualquier
caso, el mandala se basa en el arquetipo del Templo, un recinto central
al que las deidades descienden y que el yogui «circunvala» imaginalmente.
El mandala se
utiliza ante todo en el proceso iniciático: es tanto un laberinto, a
través del cual el iniciado debe viajar para alcanzar la sabiduría, como
un altar secreto, sobre el que se une con la Divinidad. Y, como se ve,
por ejemplo, en el mandala clásico de los cinco Dhyāni-Budas, se trata también de
una matriz imaginal, de una figura visionaria diseñada para transformar
y transmutar al propio buscador. Los Dhyāni-Budas son las cinco deidades
fundamentales de la sabiduría y de la meditación: Aksobhya,
Ratnasambhava, Amitābha, Amoghasiddhi y Vairocana; se sitúan en el este,
el sur, el oeste, el norte y el centro del
mandala, y representan la totalidad del
espacio y la propia consciencia. Conforman una jerarquía de cinco
niveles tanto en el macrocosmos del universo como en el microcosmos
humano. El iniciado tántrico debe recorrer los cinco niveles de la
sabiduría hasta alcanzar el corazón más íntimo de la existencia, y de su
propio ser.
El lugar de toda «teofanía»
imaginal, y de toda transformación del hombre, es siempre el «Centro del
mundo» simbólico, el corazón de toda realidad. Es el «Templo», el altar,
donde lo Divino se manifestará bajo una forma visible y tangible. En el
macrocosmos, este Centro puede ser una estructura física, la piedra
negra de la Kaaba, un stūpa, o una montaña sagrada; pero en el microcosmos, es
siempre el mismo, lo más íntimo del corazón del propio ser humano. Esta
realidad es bastante explícita en la visión de Ibn ′Arabi: para su ojo
místico, la Kaaba, es a la vez el lugar del «Polo», orientación
celestial y eje vertical de la creación, y la Kaaba de su propio
corazón. En el primer caso, cósmicamente, es el eje o punto de encuentro
entre el hombre y Dios, el lugar de las visiones. Cuando el
sheij hace sus
circunvalaciones rituales alrededor de la Kaaba, está por tanto haciendo
un viaje en el plano de la imaginación; está circulando alrededor del
Centro del mundo, en el reino de las imágenes arquetípicas. Se trata de
un giro celestial alrededor del Sol divino, su viaje espiral hacia lo
interior y su Búsqueda del Amado.
En su significado más profundo
este Templo no es pues sólo el Centro y el corazón del cosmos, sino
finalmente el corazón más íntimo del propio ser humano —esto es, el
Templo del corazón fiel, del que se dice: «él solo puede albergar al
Señor». Como dice la Joven mística al sheij: «El Templo que Me incluye es tu corazón» (al-Fotuhāt I. 50); pues «el
“Templo” es el escenario de la teofanía, el corazón donde se representa
el diálogo entre el enamorado y el Amado, y por ello este diálogo es la
Oración de Dios» (Corbin 1969, p. 281). El Templo del corazón es
finalmente el “espejo” puro y vacío del Hombre en el que Dios se revela
Él a Sí mismo por toda la eternidad.
El
sheij, en su visión imaginal, gira en torno
y hacia el Dios que habita en su propio corazón; éste es un viaje dentro
de sí mismo, hacia la Divinidad inmanente, una peregrinación por el
microcosmos. Como apunta Corbin, es muy significativo que el
sheij
circunvale la Kaaba «siete
veces, los siete Atributos divinos de la perfección de los cuales se
reviste sucesivamente el místico» (Ibíd.). Pues el siete es, de hecho, el número tradicional de
los latā′ef
místicos, los centros del cuerpo espiritual, descritos por muchos
maestros sufíes. Aunque Ibn ′Arabi no habla aquí de los
latā′ef, es probable,
como lo sugiere Corbin, que aluda a su significado místico en esta
circunvalación de siete vueltas. Según lo explicaron maestros como
Naŷmo′d-Din Kobrā (m. 1220) y ′Alā′o′d-Dolah Semnāni (m. 1336), los
latā′ef
son centros psico-espirituales, y son los lugares de los niveles del
microcosmos por los que se eleva el hombre. En este retorno a Dios, el
buscador debe pasar a través de estas siete etapas, creciendo
verticalmente a través del cuerpo sutil (qālabiya), el alma vital (nafsiya), el corazón (qalbiya), la superconsciencia (serriya), el espíritu (ruhiya), el “arcano” (jafiya) y el centro del Yo verdadero (haqqiya) (Corbin 1971, p.
221).
Por tanto,
cuando Ibn ′Arabi realiza su viaje imaginal girando siete veces
alrededor del Templo, está viajando hacia el interior, cruzando la
jerarquía de siete niveles del propio microcosmos humano. Según gira el
sheij alrededor
del Templo del corazón, va pasando a la vez a través de los órganos del
cuerpo sutil, y realiza el poder y la sabiduría asociados con cada uno
de ellos. Éstas son las etapas sucesivas en el viaje hacia el Dios
inmanente, los pasos que llevan hasta la entrada del corazón y hasta el
Bienamado.
En el
mandala budista de los
Dyāni-Budas, ambos aspectos del Templo, cósmico y microcósmico, se hacen
quizá incluso más explícitos. Este diagrama, como todos los
mandala tántricos, se
basa en el diseño de los cinco legendarios
stūpa, los túmulos relicarios de la antigua
tradición budista. Y se basa, más allá incluso, en el antiguo diseño del
Templo indio. Su forma en el centro es cuadrada y forma el “palacio” o
“residencia”, que «representa el típico templo indio de cuatro lados» (Snellgrove
1987, p. 198). Al igual que la Kaaba en el Islam, este templo es
claramente el «Centro del mundo», esto es, el centro simbólico de los
anillos circulares que representan el macrocosmos, y que lo rodean. En
este sentido, los cinco Dyāni-Budas no sólo se asocian con las cinco
direcciones del espacio horizontal, sino también con los cinco niveles
primarios del espacio vertical, esto es, con la jerarquía cósmica;
constituída ésta por los cinco elementos básicos: tierra, agua, fuego,
aire y éter, que se representan simbólicamente como un
stūpa cósmico de cinco
niveles, compuesto de un cuadrado, un círculo, un triángulo, un medio
círculo, y una llama. Por tanto, visualizar el
mandala en la
meditación significa introducir un arquetipo imaginal del cosmos en su
globalidad.
Como Ibn ′Arabi, el yogui
tántrico tiene que «circunvalar» el templo interior del
mandala (si bien aquí,
este movimiento circular tiene lugar enteramente en la meditación y en
la visualización, tan sólo «en lo imaginal»). El yogui debe visualizar
la residencia, las deidades y los poderes
de su propio
mandala, y debe viajar, usando la
imaginación meditativa, alrededor y a través de este paisaje interior.
En el mandala
de los Dyāni-Budas, se trata de realizar un trayecto imaginal alrededor
de los cuatro puntos del círculo exterior, que se corresponden con las
cuatro direcciones del espacio, y finalmente un viaje interior hacia el
centro del dibujo. Es por lo tanto una circunvalación meditativa que
lleva al discípulo hacia y a través de cada una de las cinco Deidades y
del poder asociado con ellas. Empezando por el este, con la figura azul
de Absobhya, el iniciado se mueve en su imaginación en el sentido de las
agujas del reloj alrededor del diagrama. Cruza progresivamente los
reinos de Ratnasambhava, Amitabha, Amoghasiddhi, y finalmente se dirige
hacia el mismo centro, el de la Deidad Vairocana. Y en esas etapas,
afronta y realiza el color, el elemento, la facultad de consciencia y la
sabiduría asociados específicamente con cada una de ellas. Su viaje es
un viaje a través del macrocosmos en su globalidad, por las cuatro
direcciones del espacio hacia la montaña central Meru, y por todos los
diversos elementos y poderes del universo.
El cuerpo humano mismo puede
percibirse,
con el ojo del corazón, en otro plano de
existencia, en el reino de la imaginación, en su forma imaginal ideal.
Se convierte entonces en cuerpo sutil luminoso y mágico, con su propia
«fisiología» espiritual. Este cuerpo contiene cinco (o siete) centros de
energía psico-física, los chakras, que se sitúan en los genitales, el vientre, el corazón,
la garganta y el cerebro; en sánscrito, se llaman
mulādhāra,
manipura,
anāhata,
visuddha y
sahasrāra (cf. Govinda
1960, p. 178ss). Como Corbin, entre otros, ha apuntado, hay muchas analogías
entre el sistema de chakras indio y los latā′ef de los sufíes; ambos se basan en una visión imaginal del
cuerpo humano en su estado arquetípico, tal como lo percibe el ojo del
corazón.
La visión del Templo imaginal o
del mandala, la
matriz de la imaginación, es esencialmente una iniciación a un nivel
superior de conocimiento y de existencia. Se trata de una introducción
esotérica en un plano diferente de existencia, y en una sabiduría y una
realización ocultas en el corazón del discípulo. Como tal, esta visión
imaginal debe contar con un guía, con un maestro espiritual, un ser con
un conocimiento superior capaz de dirigir al iniciado hacia los
misterios de lo imaginal. Para Ibn ′Arabi en su visión, el guía es el
Ángel, la Joven evanescente, que se le aparece desde la piedra negra de
la Kaaba. En este personaje está contenido el secreto del templo del
corazón; pues es al mismo tiempo el Maestro celestial, el Guía
espiritual, de Ibn ′Arabi y su propio homólogo más íntimo, el Ser,
dentro de su corazón.
Sin embargo, y exactamente del
mismo modo en que el templo externo físico de la Kaaba es a la vez el
Templo interior espiritual del corazón, así también el Guía celestial
trascendente es a la vez el Guía inmanente del verdadero Ser del
sheij. Ibn ′Arabi fue
llevado tanto “hacia arriba” —hasta el mundo imaginal— como “hacia
abajo” —hasta el centro más íntimo de la Kaaba mística en el corazón.
Ahí se encuentra la imagen de Dios bajo forma humana: pero este
personaje es al mismo tiempo la imagen del hombre en su Forma divina,
esto es, el Hombre universal, espejo y reflejo de Dios. Se trata del
compañero eterno del alma humana, su arquetipo divino, y en última
instancia su verdadera naturaleza. De acuerdo con los grandes sufíes,
como Semnāni, Sohrawardi y el propio Ibn ′Arabi, este Maestro
espiritual, al igual que Jezr o que la Joven evanescente, es en realidad
el «Jezr de tu ser», el centro verdadero del microcosmos humano.
Este Guía es en definitiva el
mismo homólogo celestial del alma, esto es, el Ser, el Espíritu que
constituye la naturaleza verdadera del Hombre. Se trata de su «alter
Ego», su «Yo celestial», su «Naturaleza perfecta» (Corbin 1978, p. 8); y
por último, este Guía está incluso relacionado con el mismo «Ángel
arquetípico de la humanidad (al que se identifica con el Espíritu Santo,
con el arcángel Gabriel de la Revelación coránica, o con la Inteligencia
activa de los filósofos seguidores de Avicena)» (Ibíd. p. 16). En este Guía
celestial, el buscador encuentra su propio espejo y su imagen ideal, el
verdadero arquetipo y el modelo de su ser, con el que debe estar unido e
identificado. Bajo esa forma debe reconocer la Forma teofánica de Dios,
la Forma imaginal que es a la vez la Imagen exterior de la Divinidad y
la Esencia interior del hombre.
Este personaje del guía, del
gurú, del maestro, tanto en la tradición del budismo tántrico como en
todas las tradiciones yóguicas de la India, es fundamental para
cualquier desarrollo espiritual verdadero. Y en el
mandala de los cinco
Dyāni-Budas, el gurú asume un papel muy similar al que asume el guía
espiritual de Ibn ′Arabi. Todas las escuelas budistas coinciden en la
necesidad de un gurú, o de un lama, para la dirección y la iniciación
esotérica en el camino a la iluminación e insisten sobre la «absoluta
necesidad de una devoción total hacia aquel al que uno elige como
profesor o maestro» (Snellgrove 1987, p. 176). Para el discípulo, el
gurú es la encarnación y la manifestación de esa sabiduría, esa
Divinidad o ese poder cósmico representado por el
mandala. Él es la
imagen de ese dios, o de esa fuerza, y de su gnosis que es el sujeto de
la iniciación al mandala.
Existe, sin embargo, también una relación más honda y
más profunda entre el gurú tántrico y su discípulo. Hay, incluso, una
identidad íntima entre ambos, una unidad esotérica entre maestro e
iniciado, y en último término, entre la Divinidad y la humanidad. El
discípulo debe abandonarse completamente en las manos del gurú —hasta el
punto de prestarse a que el gurú le moldee, actúe a través de él, y
llegue finalmente a estar totalmente identificado con él.
Gradualmente, a medida que el
gurú va conformando al discípulo, y que éste va progresando hacia la
perfección yóguica, maestro y discípulo acaban por estar identificados,
como el espejo y la imagen. Al igual que Ibn ′Arabi con su guía
espiritual, el iniciado y su maestro se corresponden el uno con el otro,
el buscador con su «Naturaleza verdadera», o el yogui con su Homólogo
divino, con su Forma deificada. En este sentido, el gurú representa esa
verdadera Divinidad que reside en el interior del corazón del propio
discípulo. No es más que la expresión externa de esa Divinidad, esa
Esencia de diamante, que reside en el
mandala interior, en el Templo del corazón.
En palabras del poeta Saraha:
«Aquellos que no beben sin discutir la ambrosía de
las instrucciones de su maestro, mueren de sed en el desierto de los
múltiples tratados. Abandona el pensamiento y la cavilación y sé sólo
como un niño. Sé devoto a las enseñanzas de tu maestro y lo Innato se
volverá manifiesto» (Snellgrove 1987, p. 180).
Tanto para los sufíes como para
los budistas, la visión imaginal y la iniciación requieren un tipo
particular de “guía imaginal”, o sea, un maestro espiritual relacionado
interiormente tanto con la Divinidad como con la verdadera naturaleza
del discípulo. El maestro reviste, desde este punto de vista, una “forma
imaginal” que sirve como puente entre niveles de realidad, entre el
Cielo y la Tierra, entre el nirvāna y el samsāra; se trata de la unificación de Dios con el hombre en el
plano de la Imaginación.
En el Templo del corazón,
el Ser Divino y el alma humana se encuentran y se reunifican, como la
conjunción de la Imagen con el espejo, de la Forma divina con su reflejo
en el hombre. La Imagen teofánica de Dios, en la visión de Ibn
′Arabi, aparece desde la piedra negra de la Kaaba, le habla, y le invita
con señas a penetrar en los misterios del templo. Le llama a la unión
mística entre el hombre y Dios, que sólo puede ocurrir dentro de lo más
íntimo del santuario del corazón. Aquí, todo lo que es meramente humano
e individual en el hombre debe ser destruido y barrido; todo lo que es
meramente “ego” y ser finito debe morir en el anonadamiento (fanā’), de forma que la
Imagen divina y el reflejo del Ser divino puedan permanecer en la
subsistencia (baqā’). El ser humano debe ser retornado a su estado original
como espejo puro y vacío de Dios, a su prístina claridad como Hombre
universal (al-ensāno′l-kāmel), que no es otra cosa que el reflejo y la manifestación
del Amado a Sí mismo.
«Es como la luz que se proyecta
a través de la sombra, una sombra que no es otra cosa que la pantalla
[para la luz] y que es luminosa por su propia transparencia. Así también
es el hombre que ha realizado la Verdad; en él, la forma de la Verdad,
surat al-haqq
[la Imagen divina], ... se manifiesta directamente... Pues están entre
nosotros aquellos para quienes Dios es su oído, su vista, sus facultades
y sus órganos...» (Fosus al-hikam; Nasr 1976, p. 115).
El corazón del hombre se
convierte entonces en el espejo puro y vacío en el que Dios se
manifiesta a Sí mismo; es el Templo en el que Dios se “imagina” a Sí
mismo, proyectando su propia Imagen dentro del alma humana, y
admirando el reflejo que vuelve otra vez hacia Él. Pues Él es tanto “El
que contempla” como “El contemplado”, “El que imagina” y la “Imagen”. En
la forma imaginal del ángel en el corazón, el hombre y Dios se reúnen
por el poder de intermediación de las imágenes; «Dios es el espejo en el
que te ves a ti mismo, y tú eres Su espejo, en el que Él contempla sus
Nombres y los principios de éstos» (Fosus; Nasr 1976, p. 116).
Aunque el budismo es, por
supuesto, muy diferente teológicamente del sufismo, y si bien los
budistas niegan la existencia de una única Deidad personal y absoluta,
el proceso de unión y de divinización en el
mandala del budismo
tántrico es asombrosamente similar. El
mandala de los Dhyāni-Budas también implica
una identificación con la Deidad que habita en el Templo central del
dibujo; y también en él se alcanza esa identidad mediante el poder de la
imaginación. A medida que el yogui viaja, en la meditación imaginal,
alrededor del diagrama del mandala, y conforme se aproxima y penetra en el palacio más
interior del dibujo, debe conseguir una unión esotérica con la Forma
divina que se halla en el interior. Sin embargo, esa unión requiere que
el iniciado se vacíe primero y transcienda su ego ordinario, su ser
finito y su consciencia. De modo que a cualquier “yoga de deidad” —por
ejemplo, una meditación sobre una divinidad y la unión con ella— le
precede un “yoga de vacuidad” —meditación sobre la naturaleza vacía del
mundo ordinario y del ego. De acuerdo con Tsongka′pa:
«Al contemplar la “apariencia
especial” de la residencia formada por la mansión divina y sus
residentes... uno anula las apariencias ordinarias... al contemplar
pensando con certidumbre “yo soy Aksobhya”, etc... uno anula su ego ordinario... la
contemplación del Ego del mandala [es] un antídoto para el ego ordinario de uno mismo...»
(Beyer 1973, p. 77).
Entonces, una vez que se da
cuenta de la vacuidad del ser ordinario, el yogui renace en el Ser
imaginal de la Deidad, en el Cuerpo mágico puro de Vajrasattva. Deja
entonces de actuar desde el egoísmo y el deseo, y lo hace desde la
Sabiduría divina y la Compasión de la Nada: «El yoga de deidad
implica pues que la mente se dé cuenta de la Vacuidad... para
aparecer como una deidad, por compasión, para ayudar a los demás»
(Hopkins 1985, p. 162). Esta Forma imaginal es la Naturaleza verdadera
del yogui, la fusión real de la Vacuidad y de la Consciencia luminosa en
el espacio del corazón, que es la esencia de la Realidad absoluta. Y se
trata de un intermediario imaginal, de un puente entre lo Absoluto y el
mundo, nirvāna
y samsāra, que
permite al yogui actuar desde la compasión y la Sabiduría del corazón,
incluso en el reino ilusorio de māyā.
* * *
Por supuesto, las enseñanzas
sobre la imaginación y sobre el corazón en las tradiciones sufí y
tántrica son mucho más amplias de lo que se puede tratar en el breve
marco de un artículo; tan sólo esperamos haber perfilado las principales
doctrinas, y haber mostrado algunas de las semejanzas más destacadas.
Podemos en cualquier caso, incluso con esta corta discusión, ver como la
imaginación tiene una transcendencia mucho más profunda y universal de
la que se le
reconoce generalmente en nuestros días en
Occidente. La imaginación es un poder objetivo y muy real, que
transciende ampliamente las facultades ordinarias subjetivas y humanas
de la fantasía y del sueño; es más real, de hecho, que el propio mundo
físico ordinario, pues se relaciona con un plano ontológico más elevado
de existencia. En último término, la imaginación en el sufismo y en el
budismo tántrico representa una prueba convincente de la “unidad
transcendente de las religiones” como lo proclaman grandes místicos como
Ŷalālo′d-Din Rumi y William Blake; pues estas dos tradiciones religiosas
son la expresión, en palabras de Hallāŷ, de «un principio único con
numerosas ramificaciones». Quizá reflexionando sobre las enseñanzas del
corazón en estas dos tradiciones, se le podría recordar al hombre
occidental la naturaleza y la condición verdaderas del mundo creado que
le rodea; y podría entonces darse cuenta de que el universo no es un
mero conjunto físico de hechos empíricos cuantificables, ni el ser
humano tan sólo un cerebro racional en un amasijo físico de carne y
sangre. Este universo es más bien un producto mágico de la Imaginación
divina, una ilusión asombrosa que emana de la gran Mente; y el poder de
penetrar y de transcender esta ilusión se halla en el ser humano —no en
las fantasías huecas ni en las abstracciones racionales del cerebro,
sino en la libertad creativa y en la visión imaginal del corazón
La función de la Luz como agente cosmogónico comienza en
el mundo del Misterio. Es ella la que revela al Ser divino las
determinaciones e individuaciones latentes contenidas en su Esencia, es
decir, las hecceidades eternas que son los contenidos correlativos de
los Nombres divinos. Lo que reciben estos arquetipos de la Creación
virtual es la sombra, el reflejo de la Esencia divina (dhát iláhíya),
tal como la proyecta sobre ellos la luz de estos nombres. Es el primer
espejo en el que el Ser divino se contempla y se revela a si mismo en
las virtualidades de sus múltiples Nombres. Pero estos Nombres aspiran a
su plena revelación: esta epifanía es la función reservada al Nombre
divino “Luz” (Núr), cuya forma epifánica (mazhar), la luz sensible, el
sol, hace aflorar las formas que corresponden a estos nombres en el
mundo de la visibilidad (shahádat). La Luz es el agente de la cosmogonia
porque es el agente de la revelación, es decir, del conocimiento. De ahí
que “no se conoce el mundo sino en la medida en que se conocen las
sombras (o los reflejos); y se ignora al Ser divino en la medida en que
se ignora a la persona que proyecta esa sombra. La sombra es a la vez
Dios y algo distinto a Dios. Todo lo que percibimos es el Ser Divino en
las hecceidades eternas de los posibles”. E Ibn 'Arabí concluye: “El
mundo es pues representación pura (motawahham), no tiene existencia
substancial, ése es el sentido de la Imaginacion... Comprende entonces
quién eres, comprende qué es tu ipseidad, cuál es tu relación con el Ser
divino; toma conciencia de por qué eres Él y por qué eres otro que Él,
el mundo o la palabra que prefieras. Pues en proporción a esta
conciencia se deciden los grados de preeminencia entre los sabios.(16)
Se propone, pues, una reciprocidad de relaciones; relación de la sombra
con el Ser divino: el Ser divino instaurando la manifestación del mundo
del Misterio como Imaginación teofánica absoluta (khayál motlaq); relación
del Ser divino con la sombra: las individuaciones y personalizaciones
del Ser divino como Dios que se muestra a y mediante la Imaginación
teofánica, en la multitud ilimitada de sus Nombres. Se ha comparado con
la coloración de la luz que atraviesa un cristal: la luz se impregna de
la coloración propia del cristal. Y algo semejante ocurre con la doble
perspectiva en que pueden contemplar-se los Nombres divinos: todos
remiten a un mismo Denominado, pero cada uno se refiere a una
determinación esencial, diferente de las demás; es por esta
individualización por la que cada Nombre remite al Dios que se revela a
y mediante la Imaginación teofánica.(17) Detenerse en la pluralidad es
quedarse con los Nombres divinos y con los Nombres del mundo. Detenerse
en la unidad del Denominado es quedarse con el Ser divino bajo el
aspecto de su Sí (dhát) independientemente del mundo y de las relaciones de sus
Nombres con los Nombres del mundo. Pero las dos estaciones son
igualmente necesarias y están recíprocamente condicionadas. Rechazar la
primera es olvidar que el Ser divino sólo se revela a nosotros en las
configuraciones de la Imaginación teofánica, la cual da una realidad
efectiva a los Nombres divinos cuya tristeza anhelaba seres concretos en
los que investir su actividad, y a los que harían ser lo que los Nombres
eran, seres gracias a los cuales y por los cuales esos Nombres
aparecerían entonces como otras tantas hipóstasis, a las que se designa
colectivamente como “los Señores”. Pero eludir la segunda de las dos
estaciones es no percibir la unidad en la pluralidad. En cambio,
situarse simultáneamente en las dos es mantenerse equidistante del
politeísmo y del monoteísmo monolítico, abstracto y unilateral.
Reconocer la pluralidad que se vincula a la Imaginación no es ni
desvalorizarla ni pretender anularla, sino, al contrario, fundamentaría.
Análogamente, aquel que es servidor de un Nombre divino es la sombra de
ese Nombre, siendo su alma su forma epifánica (mazhar). Pero reconocer
que esto es así, no significa en absoluto abolir ni suprimir la
existencia del servidor. Existe, en efecto, un
hadíth que hace
alusión al fiel que permanece siempre próximo a su Señor y del que este
último afirma: “Yo soy su oído, por el que escucha; su vista, por la que
ve...”. No es que se convierta en lo que antes no era; es transparencia
creciente de la “sombra luminosa”. Además, el adjetivo posesivo “su” se
refiere explícitamente a la realidad del fiel o, mejor dicho, la
presupone.(18)
Estas breves indicaciones relativas a la doble función de
la Imaginación teofánica, como Imaginación creadora que imagina la
Creación y como Imaginación de lo creado que imagina al Creador, nos
permiten formular algunas ideas directrices para los análisis que vienen
a continuación
FUENTE
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